La cena de la mafia local era un teatro montado con excesos: copas de cristal demasiado frágiles, candelabros que parecían a punto de derretirse sobre los manteles, hombres que hablaban como si el poder fuera un perfume que debían esparcir por el aire. Una fachada de civilidad para una especie que no la poseía.
Dante entró conmigo a la sala sin mirarme, con la mandíbula rígida y los pasos silenciosos. Desde el video de Ethan, había una grieta en su comportamiento, un filo peligroso como el de un animal herido que aún no decide a quién atacar. Sabía que la herida era miedo. Y que el miedo en Dante Salvatore siempre terminaba convertido en violencia.
Verona se deslizó detrás de nosotros, siempre un paso atrás, siempre observando. Era la primera vez que veía a Dante así desde la noche en Berlín, cuando casi arranca la garganta de un traidor por decir mi nombre.
Nadie en ese salón estaba preparado para lo que ocurriría.
Los jefes de los clanes locales nos esperaban alrededor de la mesa pr