La mansión Salvatore nunca había sido un lugar silencioso. Incluso en plena noche, sus muros parecían respirar, cargados con el eco perpetuo de todas las decisiones que habían nacido allí —alianzas selladas en voz baja, ejecuciones ordenadas sin testigos, juramentos pronunciados con sangre, traiciones que aún impregnaban la piedra—, como si la casa misma se negara a olvidar. Sin embargo, esa madrugada el silencio era distinto, absoluto, opresivo, y no ofrecía refugio alguno, sino la sensación i