La mansión Salvatore nunca había sido un lugar silencioso. Incluso en plena noche, sus muros parecían respirar, cargados con el eco perpetuo de todas las decisiones que habían nacido allí —alianzas selladas en voz baja, ejecuciones ordenadas sin testigos, juramentos pronunciados con sangre, traiciones que aún impregnaban la piedra—, como si la casa misma se negara a olvidar. Sin embargo, esa madrugada el silencio era distinto, absoluto, opresivo, y no ofrecía refugio alguno, sino la sensación inquietante de estar a la espera de algo inevitable.
Dante permanecía encerrado en una reunión con los capos locales, intentando contener el caos que había desatado la muerte del emisario, negociando consecuencias que todavía no tenían forma definitiva. Verona, por su parte, revisaba sin descanso los accesos digitales de la propiedad, reforzando sistemas y cerrando puertas invisibles que podían fallar en cualquier momento. Yo llevaba más de una hora sentada en el borde de la cama, inmóvil, con el