La noche había descendido sobre el palazzo con un peso casi líquido, como si la oscuridad hubiera decidido adherirse a las paredes y respirar con nosotros. Después del archivo de mi madre, cada sombra parecía más densa, cada sonido más afilado. No existía silencio posible en un lugar donde acababa de descubrir que parte de mi identidad era un constructo programado… y que había más puertas dentro de mi cabeza esperando ser abiertas.
Caminé hacia la sala principal, intentando mantener una estabilidad que sentía falsa. Dante estaba sentado frente a la pantalla central, los codos sobre las rodillas, las manos entrelazadas, la cabeza inclinada hacia adelante. No había encendido ninguna luz. Su cuerpo era un bloque de sombras, pero sus ojos… esos ojos me encontraron al instante, brillando con algo que no era ira ni miedo: era anticipación. Como si supiera que algo más se acercaba.
Y tenía razón.
Verona entró detrás de mí, apenas sin aliento.
—Zoe… Dante… tienen que ver esto.
La pantalla se