El laboratorio improvisado en el sótano del palazzo estaba sumido en una penumbra azulada, iluminado solo por las pantallas flotantes que Verona había desplegado. El olor metálico del polvo viejo se mezclaba con la electricidad quemada del equipo que Ethan había dejado atrás. Todo vibraba con un silencio expectante, como si las paredes supieran que lo que estaba a punto de ocurrir era más importante que cualquier guerra que hubiese estallado allá arriba.
Yo no respiraba. O, mejor dicho, respiraba como alguien que está a punto de abrir una tumba que no quiere reconocer como suya.
Verona activó el escáner de mi implante. Un zumbido bajo se deslizó por mi columna.
—No te muevas —murmuró con una suavidad que solo usaba cuando estaba aterrada.
—No pienso hacerlo —respondí.
La pantalla parpadeó. Un algoritmo desconocido se desplegó, líneas de código que parecían pulsar como un corazón incandescente. Lo reconocí sin saber por qué: no era de Ethan. No era de Interpol. No era del Doctor Rojo.