El camino de vuelta desde la iglesia se sintió más largo de lo que realmente era. Tal vez porque cada paso traía más peso, más sombras, más preguntas que no quería formularme. Ivy no había dejado de respirar en mi nuca. Sabía que seguía ahí afuera, siguiendo mis movimientos, anticipando mis decisiones, esperando el momento exacto para hundir los dientes donde doliera más.
Cuando entré al refugio, Verona estaba inclinada sobre el escritorio, varios monitores encendidos, su cabello recogido en un moño torcido que indicaba que llevaba horas sin moverse. La luz azulada proyectaba sombras tensas sobre su rostro.
Me miró sin sorpresa, pero con un brillo que no supe interpretar.
—Zoe —dijo—. Tienes que ver esto.
Me acerqué. En la pantalla central, una figura de líneas fractales parpadeaba, intermitente, casi orgánica. Como si estuviera respirando.
—¿Qué es eso? —pregunté.
Verona apretó la mandíbula antes de responder.
—Tus coordenadas.
Sentí el estómago caer.
—¿Cómo que mis coordenadas?
—No