El aire nocturno tenía un filo distinto cuando regresé a la iglesia. Como si la ciudad entera supiera que yo no debería estar caminando sola, que Dante estaba a punto de romperse en dos, que Simón tenía las horas contadas, que mi madre respiraba en algún punto del mapa con la certeza cruel de que tarde o temprano me alcanzaría. Todo era demasiado, demasiado simultáneo, demasiado humano.
Pero aun así, ahí estaba yo: regresando al lugar donde Ivy y yo habíamos dejado una guerra suspendida.
La igl