El aire nocturno tenía un filo distinto cuando regresé a la iglesia. Como si la ciudad entera supiera que yo no debería estar caminando sola, que Dante estaba a punto de romperse en dos, que Simón tenía las horas contadas, que mi madre respiraba en algún punto del mapa con la certeza cruel de que tarde o temprano me alcanzaría. Todo era demasiado, demasiado simultáneo, demasiado humano.
Pero aun así, ahí estaba yo: regresando al lugar donde Ivy y yo habíamos dejado una guerra suspendida.
La iglesia se levantaba al final de una calle estrecha, iluminada solo por faroles débiles que proyectaban sombras alargadas sobre las paredes. La misma puerta de madera oscura, la misma fachada silenciosa, la misma sensación de estar entrando en un territorio que no me pertenecía. La empujé con ambas manos; crujió con un sonido que se expandió por la nave vacía como un susurro profético.
El silencio adentro era absoluto.
O casi.
La luz tenue proveniente de unas pocas velas dispersas dejaba ver los ba