El video seguía congelado en la pantalla, pero mi mente no. La imagen de la figura atada, con la cabeza inclinada hacia un lado y el cuerpo temblando, era suficientemente nítida para atravesarme la piel. Ethan no hablaba todavía; disfrutaba del silencio como si fuera parte de la tortura. Sabía cómo construir tensión. Sabía cómo convertirla en un arma.
Yo no respiraba.
Dante sí. Pero su respiración era un filo contenido, una amenaza comprimida. Verona, detrás de nosotros, no parpadeaba. La luz del monitor le daba al rostro un tono espectral.
—Activa el audio —dije, casi sin reconocer mi propia voz.
Verona obedeció. Un crujido distorsionado llenó la habitación, seguido del sonido húmedo de una respiración forzada, irregular. La voz de Ethan entró después, suave, modulada, casi cálida.
Demasiado cálida.
—Me alegra ver que llegaste a tiempo, Zoe —dijo él—. No quiero que pienses que hago esto para lastimarte. Solo para recordarte que nunca aprendiste a elegir bien.
Dante soltó un bufido ap