El silencio en la sala de control no era normal. No era de esos silencios que preceden a un riesgo calculado, ni de los que se sienten cuando el equipo aguarda órdenes. Era un silencio sucio, denso, una masa informe que se me pegó a la piel apenas crucé la puerta.
Verona estaba inclinada sobre la mesa táctil, los dedos moviéndose rápido entre ventanas de datos. Dante permanecía de pie detrás de ella, inmóvil, demasiado inmóvil. Esa rigidez solo la había visto una vez: la noche en la cabaña, cuando pensé que iba a perderme por segunda vez.
—¿Qué está pasando? —pregunté.
Nadie respondió.
Hasta que la pantalla central parpadeó. Una, dos veces. Luego, un zumbido helado llenó los altavoces. Y entonces lo vi.
Ethan.
Mi exmarido apareció en la transmisión como si el mundo entero hubiera sido creado para ese momento. Sentado en una silla metálica, con una postura tranquila, casi elegante. Llevaba la camisa negra remangada y la mirada baja, como si examinara su propio reflejo en la lente.
Pero