El silencio en la sala de control no era normal. No era de esos silencios que preceden a un riesgo calculado, ni de los que se sienten cuando el equipo aguarda órdenes. Era un silencio sucio, denso, una masa informe que se me pegó a la piel apenas crucé la puerta.
Verona estaba inclinada sobre la mesa táctil, los dedos moviéndose rápido entre ventanas de datos. Dante permanecía de pie detrás de ella, inmóvil, demasiado inmóvil. Esa rigidez solo la había visto una vez: la noche en la cabaña, cua