No fue una decisión.
Eso fue lo primero que entendí.
No hubo un momento solemne en el que me dijera “a partir de ahora no obedeceré”, ni una rabia encendida, ni una promesa hecha a oscuras. Simplemente… ocurrió. Como cuando el cuerpo aprende a esquivar un golpe antes de que la mente lo registre. Como cuando ya no te quemas porque sabes exactamente hasta dónde acercar la mano.
Fue más bien una acumulación silenciosa. Un desgaste. Una sucesión de microgestos que dejaron de encajar. Miradas que y