El día empezó sin anuncio. No hubo alarma ni interrupción, ni esa sensación antigua de que algo iba a exigirnos una respuesta inmediata. Me desperté antes que Dante, con el cuerpo todavía pesado pero ya no en guardia. Permanecí unos segundos inmóvil, escuchando los sonidos del edificio: cañerías viejas que se quejaban sin urgencia, un ascensor lejano deteniéndose piso por piso, pasos amortiguados en algún nivel inferior. Ninguno de esos ruidos pedía atención. Ninguno significaba peligro. Vida o