La amenaza llegó como llegan las cosas importantes en este mundo:
Sin ruido. Sin advertencia. Sin opción de escape. Era un mensaje frío, sin remitente, sin firma. Ni cortesía. Solo el abismo, envuelto en palabras breves.
“Tienes 48 horas. O te unes a mí… o el mundo sabrá quién eres en realidad.
Sellarés. Ethan. Tu madre. Te haré ver como la mente detrás del lavado.
Tú decides si prefieres poder… o prisión.”
Lo leí una vez. Y luego otra. Pero las palabras seguían ahí. Fijas. Inmutables.