VERONA
Nunca me gustaron las misiones de vigilancia. No por el riesgo, ni por el tedio de pasar horas viendo a personas que no saben que están siendo observadas. Sino por lo que esas horas largas hacen con el pensamiento. Con la memoria. Con las partes de una que preferiría mantener cerradas como un mal archivo clasificado.
—Dale, Verona, no te vas a arrepentir —dijo Paolo, sonriendo como un idiota—. Además, tú y yo solos, en un coche alquilado y con binoculares... ¿Qué podría salir mal?
Lo mir