VERONA
Desde niña supe cómo quemar sin dejar cenizas.
Esa noche, mientras la costa este de los Estados Unidos dormía bajo un cielo sin luna, yo me mantenía despierta en el sótano de una iglesia abandonada en Palermo, rodeada de pantallas, planos satelitales y la tenue luz de un cigarro que se apagaba en mis dedos. No rezaba. Nunca lo hice. Pero aprendí a moverme entre ángeles caídos, entre demonios de cuello blanco que diseñaban laboratorios con olor a desinfección y muerte, y entre hombres com