ZOE
Los Ángeles tiene ese brillo falso que ciega. Como un anillo de oro cubriendo óxido. Las calles del centro vibraban con una vida que no me pertenecía, con risas, motores y luces LED que no iluminaban nada real. Ethan había insistido en que saliera a caminar, en que me diera un respiro de la cabaña, de las rutinas, del control. Lo había dicho como un gesto de libertad. Pero en mi garganta, esa palabra seguía sabiendo a jaula.
Caminé sola. Sin guardaespaldas visibles, sin rastreadores, sin la