DANTE
La lluvia había caído sobre Nápoles toda la noche, como si el cielo también necesitara purgarse. No dormí. Me quedé ahí, sentado frente a la mesa de madera negra, rodeado de informes impresos con tinta demasiado roja, capturas satelitales y un expediente viejo con las esquinas quemadas. No había tocado el vino. Ni siquiera lo miré. El aire de la villa tenía ese olor denso a humedad y pólvora antigua que solo reaparece cuando los fantasmas vuelven a respirar. Sentí el peso de la noche sobr