Refugio en los Alpes franceses. 4:07 a.m.
Me desperté con el corazón rugiendo. No por una pesadilla. Sino por algo más real. Más violento. Uno de esos silencios densos, enfermos, que no pertenecen a la madrugada. No había crujidos de leña. No pasos. No el sonido de su respiración.
Dante no estaba.
Me incorporé lentamente, como si el mundo se hubiese vuelto demasiado pesado durante la noche. La cama aún guardaba su calor. La manta revuelta. Su chaqueta colgaba de la silla, abandonada con des