Italia ya no era una postal romántica. Era un tablero de caza. Y yo, una sombra disfrazada de mujer.
Nápoles ardía bajo un sol traicionero. Las calles vibraban entre el bullicio de turistas y el eco metálico de las patrullas. A cada esquina, cámaras de seguridad. A cada paso, rostros curiosos que podían ser ojos del enemigo.
Yo avanzaba envuelta en un abrigo beige, peluca rubia, lentes oscuros y un perfume extranjero que no me pertenecía. Mi pasaporte decía que era sueca. Mi expresión decía que