El nuevo refugio estaba en los Alpes franceses. Una cabaña antigua, de madera gastada por inviernos que nadie había contado. No tenía conexión satelital, ni electricidad externa, ni señal. Solo fuego a leña, el crujido de la madera al expandirse con el calor, y el eco de nuestros pensamientos rebotando contra las paredes desnudas.
Allá afuera, todo era nieve y viento.
Adentro… éramos solo nosotros dos. Y la guerra que llevábamos por dentro.
No podía dormir. No podía comer. No podía respirar sin