Mundo ficciónIniciar sesiónCapítulo 3
La luz grisácea de la madrugada comienza a filtrarse por las ventanas de la cabaña, revelando el desastre de mi sala. El olor a hierro y a antiséptico flota en el aire, mezclándose con el aroma de la leña quemada. Me despierto sobresaltada en el sofá, con el cuello rígido y la pequeña pistola de aire comprimido aún apretada contra mi pecho. Mis ojos buscan inmediatamente el bulto bajo las mantas frente a la chimenea. Sigue allí. El enorme perro blanco no se ha movido, pero su respiración es un silbido errático que me pone los pelos de punta. —Sigues vivo —susurro, dejando salir un aire que no sabía que estaba reteniendo. Me levanto con cuidado y me acerco con cautela a retirar un poco la manta. Veo que el vendaje provisional está empapado en un fluido amarillento rosáceo. Mi costura manual ha servido para detener la hemorragia masiva, pero no es suficiente. La piel alrededor del tejido diagonal está caliente, demasiado caliente; la infección está empezando su banquete. Busco mi teléfono y veo la hora: son casi las 5 de la mañana. Busco en mis contactos el número de un veterinario rural que una vez ayudó a un vecino con un caballo. Se llama el doctor Miller. Sé que cobrará una fortuna por venir hasta aquí en medio de una tormenta de nieve, y más por atender a un animal de este tamaño. Entro en mi cuenta bancaria en línea; el número en la pantalla me duele más que el frío. 850 dólares es todo lo que tengo. El pago de la renta, la electricidad y la comida de los próximos dos meses mientras encuentro nuevo empleo. —O como yo o vives tú —medito en voz alta, sintiendo cómo el nudo de mi garganta se aprieta hasta hacerme daño. Miro al perro. En ese estado de vulnerabilidad parece casi pequeño a pesar de su tamaño real. Si lo dejo morir, recuperaré mi dinero, pero perdería mi alma. Un sollozo seco escapa de mis labios; con el corazón latiendo con fuerza por una crisis de ansiedad inminente, marco el número. —¿Diga? —una voz ronca responde al tercer tono. —Doctor Miller, soy Cassandra Evans. Tengo una emergencia en la cabaña de la ruta 12. Es un perro muy grande, tiene una herida profunda. Por favor, venga, le pagaré lo que sea. Dos horas después, el doctor Miller entra en mi casa sacudiéndose la nieve de las botas. Al ver al animal frente a la chimenea, se detiene en seco. Su rostro, surcado por arrugas de años de trabajo rudo, se tensa ligeramente, como si estuviera evaluando algo que no termina de encajar. —Cassandra... —murmura, dejando su maletín en el suelo con un golpe sordo—. Este es un animal inusual. Muy grande. —Lo sé —respondo tratando de que mi voz no tiemble—. Pero no podía dejarlo morir fuera. El doctor se arrodilla y examina mi trabajo de costura. Gruñe algo que no puedo entender mientras retira las gasas manchadas. —Hiciste un buen trabajo cerrándolo, pero mira esto —señala la herida con un guante de látex—. No es un mordisco de otro animal. Es un corte limpio hecho con algo extremadamente afilado y, a juzgar por la reacción de la carne, parece haber estado en contacto con algún tipo de sustancia irritante. Está dañando el tejido desde adentro. Lo primero que hago es mirarlo con irritación. ¿Realmente me creía tan estúpida como para no saber que esa cortada no era un mordisco? Inhalo profundamente para tratar de calmarme, cosa que logro muy rápido, y me concentro en lo más importante: ¿Quién atacaría a un perro con algo así en pleno siglo XXI? Parecía algo sacado de una pesadilla. —Tengo que desbridar la herida, ponerle antibióticos de alto espectro y suero —sentencia el médico—. Te va a salir caro, muchacha. Entre el viaje, la anestesia y la medicina: 600 dólares. Cierro los ojos. 600 de los 850. Siento que el suelo desaparece bajo mis pies; el pánico me cierra los pulmones. Estoy firmando mi sentencia de desalojo. Respiro hondo una vez más. —Hágalo —mi voz apenas llega a ser un susurro—. Por favor, sálvelo. Ya que estamos aquí, al menos haré que todo el esfuerzo valga la pena. Mientras el doctor trabaja, me obligo a mirar. Veo cómo limpia la herida diagonal que corta la majestuosidad del animal. El perro, bajo el efecto de la anestesia local y el agotamiento, no abre los ojos, pero cuando el doctor aplica un líquido para desinfectar, deja escapar un gemido que me rompe el corazón. Me acerco sin pensarlo y pongo mis manos sobre su enorme cabeza. Su pelaje es áspero, pero extrañamente delicado. —Shhhh, ya casi termina... Thor —le digo, usando el nombre que le he puesto en mi cabeza. En este momento algo extraño sucede. El perro, aún en su estado de semiconsciencia, inclina la cabeza apenas unos milímetros buscando el contacto de mi palma. Sus fosas nasales vibran con fuerza; aspira mi olor, el aroma de mi jabón de lavanda barato, el rastro del miedo y la calidez de mi piel. Es un movimiento deliberado, como si estuviera grabando mi esencia en su memoria más profunda. «Solo espero que no lo estés haciendo para luego reconocerme y poder comerme». —Parece que te reconoce —comenta el doctor Miller observando la escena con curiosidad—. No todos reaccionan así, especialmente estando heridos. —Supongo que sabe que no quiero hacerle daño. —O quizás ha decidido que ahora le perteneces —el doctor suelta una risa seca mientras termina de vendarlo—. Aquí tienes las instrucciones. Tienes que cambiarle el vendaje cada 12 horas y darle estos medicamentos ocultos en comida. Si sobrevive a las próximas 48 horas, lo logrará. Cuando el doctor se marcha, me quedo sola con mi nuevo y carismático huésped. Mi cuenta bancaria está prácticamente en cero. Voy a la cocina y abro la alacena: tres latas de atún, un paquete de pasta y un poco de arroz. Eso es todo lo que me queda para sobrevivir quién sabe cuánto tiempo. La ansiedad vuelve a golpearme. Me siento en el suelo de la cocina abrazando mis rodillas y empiezo a llorar en silencio. Lloro por el trabajo que perdí, por el dinero que gasté y por la locura de tener un perro moribundo en mi sala. De repente, siento una mirada. Me pongo de pie y camino hasta la sala. El perro ha abierto los ojos. Son esos ojos azules eléctricos que me habían cautivado bajo la nieve, los cuales ahora me miran fijamente con una intensidad que no parece común. No hay rastro de agresividad, y creo que eso es bueno. En su lugar hay una calma extraña y algo más... una atención profunda. Me acerco y me siento a su lado, manteniendo una distancia prudente. —Me has dejado sin blanca, Thor —le digo con una sonrisa triste mientras una lágrima corre por mi mejilla—. Espero que realmente valgas la pena. Con que no me comas y no me abandones, creo que seré feliz. El perro hace algo increíble: estira su cuello con un esfuerzo evidente y apoya su hocico sobre mi rodilla. No es un ataque, es un gesto. Siento su aliento caliente a través de la tela de mi pantalón. Empieza a frotar su mejilla contra mi pierna de manera lenta, casi rítmica, dejando su rastro sobre mí. Voy a suponer que me está dando las gracias. Me quedo un rato más a su lado. Luego me levanto y busco algo que comer. Paso el resto del día limpiando la casa para tenerla desinfectada y que no vaya a coger alguna infección.






