Mundo ficciónIniciar sesiónCapítulo 7
El amanecer se filtra tímidamente por las rendijas de las persianas, pintando rayas doradas sobre el suelo de madera. He pasado toda la noche en vela, sentada frente a la puerta del trastero con la espalda apoyada en el pasillo; un cuchillo de cocina en una mano y la linterna agotada en la otra. El silencio que reina tras la madera es absoluto, un contraste aterrador con los ruidos extraños que mi mente, cansada y al límite, me ha obligado a escuchar durante toda la noche. Me siento extremadamente agotada. —Cassandra, estás perdiendo la cabeza —me susurro a mí misma, tragando saliva con dificultad. Mi garganta está seca como el desierto. Me he convencido de que lo que vi anoche fue un brote psicótico causado por el estrés; no podía haber un hombre allí dentro. Sin embargo, decidí encerrar a Thor, mi perro, luego de comprobar que era él quien estaba allí después de que estrujó su cabeza contra mí, mostrándome que solo era él y que no había rastro del hombre que vi en la oscuridad... aquel al que juraría haber encerrado también. De igual forma, seguí teniendo miedo y, en un ataque de pánico, decidí dejarlo bajo llave. Ahora tengo que abrir la puerta. Tengo que demostrarme que solo sigue siendo él, mi gigante blanco, esperándome para desayunar lo poco que nos queda. Con los dedos entumecidos por el frío y la tensión, inserto la llave en la cerradura; el clic suena como un disparo en la quietud de la mañana. —¿Thor? —llamo en un hilo de voz. En el centro, sobre la pequeña alfombra de lana, no hay un perro. No esta vez. Mi corazón se detiene y el cuchillo resbala de mis dedos, golpeando la madera con un ruido seco. Hay un hombre arrodillado, de espaldas a mí. Su piel, de un tono bronceado claro, está cubierta de una fina capa de sudor que brilla con la luz matutina que entra por la puerta. Sus hombros son tan anchos que parecen llenar el pequeño cuarto, y los músculos de su espalda se tensan con cada respiración profunda y dolorosa. Entonces sucede lo imposible. Ante mis propios ojos, la piel de su espalda comienza a ondularse como agua hirviendo. Escucho un chasquido sordo, el sonido de huesos acomodándose, y veo cómo su columna se estira. Un vello blanco y espeso brota de sus poros por un segundo y luego se retrae, como si su cuerpo estuviera librando una batalla interna por decidir qué forma tomar. Él suelta un gruñido de dolor, un sonido que empieza como un rugido animal y termina como un grito humano que me cala hasta los huesos. Él se gira con una velocidad sobrehumana. Antes de que pueda parpadear o retroceder, el hombre atraviesa la estancia que nos separa. Siento el impacto de su cuerpo contra el mío; es una urgencia desesperada, como si necesitara sostenerse de algo para no desmoronarse. Sus manos se cerraron alrededor de mis hombros y el impulso nos hace caer hacia atrás, aterrizando sobre el colchón viejo que guardo en este cuarto. El colchón chirría bajo nuestro peso. Me quedo inmovilizada, atrapada entre el desorden del trastero y el calor abrasador de su cuerpo desnudo. —¡No me lastimes! —grito, cerrando los ojos con fuerza, esperando el impacto o el ataque. Pero el dolor no llega. En su lugar, siento cómo él entierra su rostro en el hueco de mi cuello. No me está mordiendo; está inhalando. Respira de forma errática, llenando sus pulmones con mi aroma como si fuera el único oxígeno puro en un mundo lleno de humo. —Hueles a ella… —su voz es un barítono profundo, rasposo, que vibra directamente en mi pecho—. Lavanda. Nieve. Vida. Abro los ojos. Él está apoyado sobre sus codos, mirándome desde una distancia peligrosamente corta. Sus ojos son de ese azul eléctrico que ya conozco, pero ahora tienen una claridad humana que me corta la respiración. Su rostro es perfecto, de una belleza casi insultante: una mandíbula cuadrada con una sombra de barba, una nariz recta y unos labios que están apretados por el sufrimiento físico. —¿Quién eres? —logro articular, con el corazón golpeando mis costillas—. ¿De dónde saliste? ¿Qué le hiciste a mi perro? Me siento mareada y comienzo a hiperventilar. Debo controlar mi respiración o terminaré desmayándome; el miedo que siento me tiene el estómago revuelto. Él frunce el ceño, una expresión de confusión tan genuina que mi miedo empieza a transformarse en una extraña punzada de lástima. —Yo… no lo sé —confiesa, y su voz tiembla ligeramente—. Recuerdo el frío. Recuerdo algo quemando mi carne, un dolor de plata... Recuerdo estar muriendo en la nieve hasta que apareciste tú. Tú me arrastraste. Tú me cuidaste. Intento zafarme, pero él no me suelta. No es un agarre agresivo, es el gesto de alguien que se aferra a su única ancla en medio de un naufragio. Yo lo miro sin poder creerlo. No estoy entendiendo nada. Al único que salvé en la nieve fue a... ¿Es él? ¿Thor es este hombre? Mi mente científica lucha contra la evidencia, pero el vendaje en su hombro es el mismo que yo había cosido. Los ojos son los mismos. —¿C-cómo te llamas? —insisto.






