Capítulo 10

Capítulo 10

«Es solo síndrome de Estocolmo», me digo. «Es solo porque es guapo y no he tenido una cita en años». Pero la lógica se desmorona cuando recuerdo que él no es solo un hombre guapo; es algo más, algo que va más allá de toda lógica y razón humana. Si le dijera a alguien lo que él es, de seguro me mandarían derechito a un manicomio. Tampoco es que quiera decírselo a nadie; es como si este pequeño gran secreto fuera solo nuestro y lo que nos une. Lo que él es solo lo he visto en novelas paranormales. Un hombre lobo, ja. Uno que, incluso sin memoria, irradia un poder que me hace querer arrodillarme y, al mismo tiempo, huir hacia el bosque. ¿Habrá alguna manada allí fuera que lo esté buscando? El pensamiento intrusivo de que un Alfa lo esté buscando se arraiga en mi mente. Si es así, estoy cien por ciento segura de que no quiero tener problemas con ningún ser sobrenatural que quiera a su lobo de vuelta.

​Al terminar de ducharme, envuelvo una toalla alrededor de mi cuerpo y salgo del baño. Miro hacia la sala y lo encuentro sentado en el sofá; al menos se ha puesto unos shorts. Intenta usar el control remoto de la televisión. Se ve tan "ridículo" y a la vez tan tierno en su confusión tecnológica que no puedo evitar sonreír.

—Es el botón rojo, Thor.

Me sujeto la toalla con fuerza al pecho, demasiado consciente de su mirada, de lo poco que me cubre… de lo fácil que sería que dejara de cubrirme. Doy un paso en su dirección.

​Él me mira, su profunda mirada me recorre de arriba a bajo y veo el deseo bailando en la superficie. Luego, por un segundo, su mirada se pierde, como si algo dentro de él se rompiera y lo arrastrara lejos de mí. Dejándome ver a un hombre perdido que no sabe quién es.

​—Sandra... A veces, cuando cierro los ojos, veo un edificio de cristal y mucha gente gritando, pero luego veo sangre en una hoja de metal y el dolor vuelve.

​Me termino de acercar y me siento a una distancia segura, apretando mis piernas, pero no lo suficiente para no olerlo. Él huele a pino y a algo intensamente masculino que me embriaga.

​—Vas a recordar —le aseguro, aunque una parte de mí, una parte egoísta y oscura, tiene miedo de que ese día llegue—. Estoy segura de eso.

​—Me aterra más el hecho de pensar que la persona que me hirió me esté buscando y yo no pueda reconocerlo. De ser así, puede ser peligroso para ti —me dice, girándose para quedar frente a mí en el sofá.

​Asiento lentamente. Eso es algo en lo que también he pensado un montón de veces. De repente, su mano atrapa la mía; sus dedos son largos y fuertes.

​—¿Por qué no me pides que me vaya si también lo sientes? ¿Por qué arriesgas tu vida al dejarme permanecer aquí?

​—Porque, pese a todo pronóstico, sigues siendo un ser vivo y no te salvé la vida para dejarte morir allí fuera en manos de quien sea. No puedo dejarte ir si no recuerdas quién eres. La persona que intentó matarte posiblemente te encuentre más fácil si estás vagando a la deriva. No puedo dejarte ir hasta que tú mismo sepas quién eres.

​Él me mira con una intensidad que me hace olvidar cómo respirar. Sin decir una palabra, se acerca más. Puedo sentir el roce de sus muslos desnudos contra los míos, igual de desnudos, todavía húmedos, el calor de su piel filtrándose en la mía como una advertencia. Su mano sube desde mi muñeca hasta mi mejilla, lenta, como si estuviera aprendiendo mi rostro de memoria, acariciándome con una delicadeza que contrasta con su fuerza bruta.

​—Eres demasiado buena para este mundo, Sandra.

​—Y tú eres demasiado complicado para el mío —susurro.

​Él se inclina, sus labios casi rozando los míos. El deseo estalla en mi interior como un incendio forestal. Quiero besarlo. Quiero olvidar que es un lobo, olvidar que está perdido, olvidar la lógica. Quiero perderme en ese calor salvaje que él ofrece. Pero justo cuando nuestros labios están a punto de sellar el pacto de no retorno, el sonido de un auto subiendo por el camino de grava nos hace saltar.

​—¿Quién podrá ser? —exclamo, entrando en pánico.

​Thor se pone de pie de un salto, sus sentidos de lobo alerta en un milisegundo. Sus fosas nasales vibran, olfateando el aire.

​—Huele a… metal y sudor viejo.

​Corro a mirar por la ventana. No es un coche lujoso; debo admitir que por un segundo pensé que podría ser Francesca. Es una camioneta vieja y los reconozco: son los tipos de la tienda de suministros que, al parecer, han decidido hacerme una visita fuera de horario. Doy media vuelta y entro a mi habitación corriendo. Tomo lo primero que consigo, un pantalón y una camiseta. Me las coloco rápido, olvidando por completo la ropa interior. Agarro una sudadera, ya que mis pezones se marcan demasiado con la camiseta blanca; me la pongo, entre más cubierta mejor.

​Cuando vuelvo a salir a la sala, encuentro a Thor gruñendo. Es un sonido que sale de lo más profundo de su pecho; sus uñas parecen alargarse por un momento y sus ojos brillan con ese azul eléctrico asesino. Incluso a mí me da miedo y me hace retroceder.

​—No dejes que entren —me dice, y su voz ya no es humana—. O no quedará nada de ellos para que la policía los encuentre.

​«Al menos sabe qué son los policías», pienso con sarcasmo.

​No hace falta ser un genio para darse cuenta de que la convivencia pacífica ha terminado. El mundo exterior está llamando a la puerta y mi secreto, mi enorme, desnudo y peligroso secreto, está listo para morder.

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