Capítulo 9

Capítulo 9

​Han pasado tres semanas desde la noche del apagón, y mi vida se ha convertido en un campo de batalla entre la razón y el instinto. La cabaña, que antes me parecía espaciosa para una sola persona, ahora se siente minúscula, cargada con la presencia abrumadora de "Thor".

​Él no es un hombre común, y no me refiero solo a su capacidad de convertirse en una bestia de pelaje blanco, lo cual hace muy a menudo. Sus modales humanos son... inexistentes. A pesar de mis súplicas y de las reglas que grabé en su memoria amnésica, Thor parece tener una alergia crónica a la ropa.

​—¡Thor! ¡La sudadera! —grito al entrar en la cocina.

​Está de pie frente a la ventana, observando el bosque con una intensidad depredadora. Está completamente desnudo, de nuevo. La luz de la mañana resalta cada músculo de su espalda, cada curva de su trasero firme y la cicatriz en su hombro. Parece una estatua griega tallada en carne viva. Es hermoso. Él se gira lentamente, sin una pizca de vergüenza. Sus ojos azules me recorren de arriba abajo, deteniéndose en mi cuello antes de volver a mis ojos. Me es difícil no desviar la mirada hacia su entrepierna y ver a su enorme "amiguito", que parece feliz cada vez que me ve. ¡Maldición!

​—Pica —me dice con esa voz grave que hace vibrar el suelo bajo mis pies—. La piel de hombre es demasiado sensible para las fibras muertas que me das, Sandra.

​Esta es otra de las cosas que han cambiado: ha decidido cambiarme el nombre o, mejor dicho, simplemente recordarlo a su manera. Por más que odie el diminutivo que ha elegido para mí, debo admitir que es el primero en hacerlo de esta manera. Francesca suele llamarme Cass y algunas personas Cassie, pero nunca Sandra. Y, a algo muy profundo dentro de mí, le gusta eso.

​—No son fibras muertas, es algodón. Y se llama decencia —repliqué, dejando mi bolso sobre la mesa con un golpe seco.

​Hace dos semanas que conseguí un empleo a tiempo parcial en una tienda de suministros agrícolas en el pueblo. Es un trabajo agotador, cargando sacos y atendiendo a granjeros rudos, pero es la única forma de recuperar mis ahorros. Sin embargo, lo peor de mi jornada no era el trabajo, sino el regreso a casa.

​Thor se acerca a mí. No camina como un civil; se desliza. Sus pasos son felinos, rítmicos. Cuando está a menos de un palmo de distancia, siento el calor que irradia su cuerpo. Es como estar frente a un horno abierto.

​—Has vuelto tarde —me gruñe. No es una pregunta, es una acusación.

​—Había clientes, Thor. Tengo que trabajar para que podamos comer esa carne que tanto te gusta.

​Antes de que pueda reaccionar, hace lo que se ha vuelto su ritual diario: se inclina hacia delante y hunde su rostro en el espacio entre mi hombro y mi cuello. Inhala profundamente, un sonido sibilante que me hace apretar los puños.

​—Hueles a otros —gruñe, y su voz suena más animal que nunca.

​—Huelo a clientes, a gasolina y a café, Thor. Es normal.

​Él suelta un gruñido bajo, una vibración que siento en mi propio pecho. Entonces, empieza a restregar su mejilla contra mi cuello y mi hombro. Es un movimiento firme, posesivo, casi rítmico. Sus manos grandes y callosas bajan hasta mi cintura, sujetándome con una fuerza que no me lastima, pero que me deja claro que no puedo moverme.

​—¿Qué estás haciendo? —pregunto, aunque mi voz sale mucho más débil de lo que pretendo.

​—Borrando el rastro —responde él, continuando su tarea de estrujarse contra mí. Su piel caliente contra la mía, su barba de tres días rozando mi sensibilidad... es una tortura—. No quiero el olor de otros machos en lo que es mío.

​—Yo no soy tuya, Thor —le digo, aunque mi cuerpo traiciona mis palabras. Mis rodillas flaquean y una calidez peligrosa empieza a extenderse por mi vientre.

​Thor se detiene un segundo, se aparta lo suficiente para mirarme a los ojos y suelta una de esas verdades que me dan escalofríos:

​—Me salvaste la vida, Sandra. Me curaste, cosiste mi herida aún sin saber cómo hacerlo, gastaste tu dinero en mí consultando a un veterinario... —hace énfasis en eso y me hace sentir un poco insultada, pero supongo que las circunstancias eran otras—. Me diste tu hogar. En mi mundo eso crea un lazo que ni la memoria perdida puede romper. Mi lobo dice que eres su Luna; mi cuerpo dice que eres su hembra.

​Lo miro horrorizada. Sobre todo porque cada vez que habla con tanta ligereza de que es un hombre lobo, se me eriza la piel.

​—Tu lobo está confundido y tu cuerpo... tu cuerpo necesita una ducha fría —sentencio, empujándolo con toda la fuerza que puedo reunir cuando siento su hombría dura presionando mi abdomen.

​Él sonríe, malditamente consciente de su efecto. Doy media vuelta antes de que note cuánto me afecta y me encierro en el baño, cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria. El aire se me queda atrapado en los pulmones. Mis manos tiemblan cuando empiezo a deshacerme de la ropa, tirándola al suelo sin cuidado, como si la tela pudiera conservar el calor de su cuerpo sobre el mío. Necesito quitármelo de encima. Necesito arrancarme su olor, su tacto… la forma en que mi propio cuerpo respondió.

​Apoyo la frente contra los azulejos fríos antes de abrir la ducha, pero ni siquiera ese contacto helado logra apagar el incendio que me dejó bajo la piel. Y odio que una parte de mí no quiera que se apague.

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