Capítulo 8

Capítulo 8

Él parpadea, confundido. No parece despertar ningún recuerdo en su mirada. Sacude la cabeza con frustración y, por un momento, sus ojos vuelven a brillar con un destello salvaje antes de regresar al azul eléctrico.

​—No recuerdo nombres. No recuerdo quién soy, ni de dónde vengo —dice, y su mirada baja a mis labios por un segundo antes de volver a mis ojos—. No recuerdo nada... solo recuerdo tu olor. Es lo único que tiene sentido en mi cabeza ahora mismo.

​Me quedo helada. Este hombre está aquí, desnudo y vulnerable, y al parecer ha perdido todo rastro de su identidad excepto la conexión sensorial conmigo. ¿Cómo es posible que sea también el animal que rescaté?

​—T-te llamas Thor —digo, casi por inercia, usando el nombre que le di al perro—. Al menos, así te llamo yo.

​Él suelta una risa seca, un sonido ronco que me recorre la columna.

​—Thor. El dios del trueno. Un poco pretencioso para alguien que fue rescatado en una sábana vieja, ¿no crees? —A pesar de su confusión, una sombra de arrogancia natural empieza a asomar en su tono.

​«Al menos recuerda las leyendas nórdicas», pienso con sarcasmo.

​—Fue lo mejor que se me ocurrió mientras intentaba que no te desangraras en la nieve —replico, recuperando un poco de mi orgullo—. Ahora, quítate de encima. Necesitas ropa y yo necesito... entender qué demonios eres.

​Él se aleja levemente, permitiéndome sentarme. Se queda sentado frente a mí sin ninguna vergüenza por su desnudez, observando sus propias manos como si fueran herramientas nuevas que no sabe cómo usar.

—Yo... mi nombre es Cassandra Evans. —¿Por qué m****a me estoy presentando? Él me mira.

​—¿Qué soy, Cassandra? —pregunta en un susurro, mirándose las palmas.

​—No lo sé —confieso, aunque la palabra "cambiaformas" de los libros de romance paranormal que suelo leer martillea en mi cabeza—. Pero por lo que dijo el médico, suponiendo que seas mi perro, alguien intentó matarte. —«Lo sé, chica, sigo estando en negación»—. Ese corte... era de algo afilado y con químicos.

​Él se toca la cicatriz del hombro que va hacia su pecho también. Sus dedos recorren mis puntos irregulares con una delicadeza inesperada.

​—Me salvaste. ¿Por qué?

​—Porque no podía dejarte morir —digo, desviando la mirada hacia la puerta. ¿Será que tendré tiempo de levantarme y salir corriendo de toda esta locura? Tendría que pasar por encima de él. En su lugar, continúo hablando—: Aunque ahora mismo mi cuenta bancaria me esté gritando que cometí un error financiero fatal.

​—¿Te estás arrepintiendo? —suena dolido.

Niego con la cabeza, primero en negación y luego en confirmación. M****a.

​—No... sí... quiero decir; cuando decidí gastar mis últimos ahorros en salvarte, pensé que eras un perro, no un... lo que sea que seas.

​—¿Cuál es la diferencia? Sigo siendo algo que respira.

​—Yo... —¿Cómo le explico que no sé qué pensar? ¿Cómo le doy una explicación a esta locura?

​Él guarda silencio durante un largo rato. El viento afuera finalmente se ha calmado, dejando una paz blanca y pesada sobre el mundo.

​—No puedo irme —dice finalmente—. No sé a dónde ir. No sé quién me quiere muerto. Si salgo de aquí sin saber quién soy, terminarán el trabajo.

​Lo miro. Tiene razón. Si alguien lo está cazando con esa saña, lanzarlo a la nieve sin memoria es enviarlo a la muerte. Pero tenerlo aquí... un hombre que se convierte en lo que ahora creo que es un lobo (si me dejo llevar por mis novelas de fantasía), viviendo en mi pequeña cabaña, comiendo lo poco que me quedaba... es una locura absoluta.

​—Te quedarás —digo, sorprendiéndome a mí misma—. Te quedarás hasta que recuperes la memoria o hasta que la nieve se derrita. Pero hay reglas, "Thor".

​Él alza una ceja, una chispa de diversión bailando en sus ojos azules.

​—¿Reglas?

​—Número uno: te pones ropa. Tengo algunas sudaderas viejas de mi ex en el desván; espero que te sirvan aunque seas el doble de grande que él. Número dos: no me vayas a morder, no me gruñas y no andes desnudo por la cocina. Y número tres… en cuanto sepas quién eres o encuentres a tu familia, te vas. No pertenezco a tu mundo, sea cual sea.

​Él se inclina hacia mí, tan cerca que pude sentir el calor sobrenatural que emana de su piel. El aire vuelve a cargarse de esa tensión eléctrica que me pone los pelos de punta.

​—Acepto las reglas, Cassandra —me dice, y su voz baja un tono, volviéndose peligrosamente profunda—. Y no soy un chucho, así que deja de llamarme así; soy un lobo. —Me enseña los dientes humanos, mostrándome su disgusto y confirmando mis sospechas—. Ten cuidado. Un lobo no olvida a quien le salva la vida. Y ahora mismo, tú eres lo único que tengo en este mundo.

​Se me forma un nudo en la garganta. Me levanto de la cama con las piernas temblorosas, tratando de ignorar cómo mi corazón se acelera ante su cercanía. Salgo de la habitación para buscar la ropa vieja, sintiendo su mirada clavada en mi espalda. Tengo a un extraño amnésico en mi cuarto de trastes.

​—Solo hasta que recuerdes —me repito a mí misma en el pasillo—. Solo hasta que recuerdes.

​Pero en el fondo de mi mente, una voz pequeña y salvaje me dice que nada volverá a ser igual. Sabía que al abrir esa puerta no solo había dejado salir a un hombre, sino que todo lo que creía conocer no es así realmente.

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