Capítulo 6

Capítulo 6

Le reclamo porque no es nadie para venir a darme órdenes. ¿Quieres estar desnudo? Pues que pase frío. Me alejo de la puerta, retrocediendo hacia la cocina buscando un cuchillo, cualquier cosa con la que pueda defenderme. Me siento en el suelo con la linterna apuntando a la puerta del cuarto donde lo tengo encerrado. El silencio vuelve a caer sobre la cabaña, pero solo por unos minutos. Entonces empiezo a escuchar un sonido que me hace cuestionar mi cordura.

​Al otro lado de la puerta ya no se escuchan gritos humanos; por el contrario, escucho un crujido, como si alguien estuviera rompiendo ramas secas... o huesos. ¡¿Qué rayos está haciendo ese hombre?! Pero entonces escucho un quejido agudo y gutural llenar el aire, seguido de un golpe seco contra el suelo. Y luego, un aullido. No es un grito de hombre; es un aullido largo, profundo y melancólico que hace vibrar las paredes de la cabaña. Es el mismo sonido que me había despertado la noche en que encontré a Thor en la nieve.

​—No puede ser... —suelto el cuchillo, que cae con un ruido metálico sobre el piso.

​¿Se había metido por la ventana? Espera, en esa habitación no hay ventanas. Me acerco a la puerta pegando el oído a la madera. Puedo escuchar una respiración agitada, pesada, y el sonido de garras rasgando el suelo.

​—¿Thor? —pregunto con voz temblorosa.

​Un ladrido corto y un golpe suave contra la parte inferior de la puerta es mi respuesta. Es el comportamiento de mi perrito. Pero yo sé lo que he visto hace cinco minutos; de hecho, lo dejé allí. He visto a un hombre. Un hombre.

​Me quedo paralizada con la mano aún apoyada en la puerta y el oído pegado a la madera, intentando que mi respiración no haga ruido. Mi mente va demasiado rápido, saltando de una explicación a otra sin poder sostener ninguna. No tiene sentido. Nada lo tiene. Sé que he visto a un hombre, lo he visto, he hablado con él, lo encerré allí dentro y ahora... ahora lo que está al otro lado de la puerta es Thor. O algo que suena exactamente como él.

​—No… no, no, no… —murmuro negando con la cabeza mientras retrocedo un paso. Esto tiene que tener una explicación, tiene que haberla. Quizá... quizá el hombre ha escapado. Sí. Eso tiene sentido. ¿Tal vez ha encontrado otra salida, una ventana? Que sé que no existe, pero ¿un hueco? Eso podría ser algo que yo no había visto. Pero no. Mi mirada se desliza automáticamente hacia el pasillo. Esa habitación es un trastero; no creo que tenga alguna entrada o salida que no sea la puerta.

​Entonces... ¿cómo...? Un nuevo golpe contra la puerta me hace dar un respingo.

​—¡Thor! —le digo esta vez más fuerte, más desesperada, como si al nombrarlo pudiera hacer que todo vuelva a la normalidad—. ¡Thor, si eres tú… ladra otra vez!

​Silencio.

​Por un segundo el silencio es absoluto. Luego, un pequeño quejido suave, familiar. Mi pecho se aprieta; ese es él. Ese es mi perro. Doy un paso hacia la puerta, dudando. Mis dedos tiemblan mientras rozan el pomo, pero no llego a girarlo.

​—Mierda, esto es una locura... —susurro.

​Quizás el tipo ha salido corriendo cuando apagué la luz; quizá todo ha pasado demasiado rápido; quizá yo... al entrar en pánico me he confundido las cosas. Sí. Eso tiene más sentido, mucho más sentido que cualquier otra cosa.

​—Cassandra, estás agotada... —me digo en voz baja, intentando convencerme—. No has podido dormir en días, estás estresada, asustada... solo te confundiste.

​Otro golpe suave desde dentro me saca de mis pensamientos. Un rasguño, como si algo o alguien estuviera intentando salir sin hacer daño. Trago saliva.

​—¿Y si abro y hay alguien allí...? —murmuro mirando a mi alrededor en busca del cuchillo que he soltado—. Si ese tipo sigue ahí...

​Pero entonces un pequeño gemido, débil, herido. Mi corazón da un vuelco. Ese sonido lo conozco. Lo había escuchado la primera noche bajo la nieve, seguido de los días que lo tuve que cuidar mientras estaba inconsciente.

​—Ese es mi Thor, no hay duda de eso.

​Esta vez, sin dudarlo. Si antes no pude dejarlo fuera, no puedo dejarlo ahí dentro estando herido; no después de todo lo que he pasado para salvarlo. Aunque algo no encaja, aunque mi cabeza grita que esto está mal, aunque juraría por mi vida que había visto a un hombre, no puedo dejar a Thor allá dentro.

​Con un movimiento rápido, como si pensarlo demasiado pudiera detenerme, giro la llave. Suena demasiado fuerte en el silencio. Abro la puerta apenas unos centímetros y retrocedo de inmediato, sosteniendo la linterna con manos temblorosas.

​—…Thor… —llamo, con el corazón golpeándome el pecho.

​Una sombra se mueve dentro. Es baja, grande, familiar. Un hocico blanco aparece primero, seguido de esos ojos azules que brillan en la oscuridad con el reflejo de la luz. El aire abandona mis pulmones de golpe. Es él. Es Thor. Cubierto de humedad, respira agitado con el pelaje desordenado, pero claramente es él.

​—Oh, gracias a Dios… —susurro, dejando caer un poco la linterna.

​Mis rodillas tiemblan. Mi cerebro sigue intentando encajar las piezas, pero no encuentro cómo. Miro detrás; la habitación está vacía. No hay nadie más, ni rastro del hombre, nada.

​—¿Dónde…? —murmuro, confundida, dando un paso hacia adelante.

​Thor sale lentamente, pegándose a mí de inmediato, apoyando su cuerpo caliente contra mis piernas como si buscara protección. Como si hubiera tenido miedo. Como si necesitara asegurarse de que yo seguía ahí. Trago saliva, pasando una mano temblorosa por su cabeza.

​—¿Qué demonios está pasando aquí…? —susurro.

​Thor no responde, por supuesto. Solo deja escapar un suspiro pesado y cierra los ojos por un segundo, apoyándose más contra mí. Y aunque todo dentro de mí grita que algo no estaba bien, me aferro a la única explicación que mi mente puede aceptar. Había estado sola. Asustada. En la oscuridad. Y mi imaginación me había jugado una mala pasada. No había habido ningún hombre. Solo Thor. Solo mi perro.

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