Capítulo 4La tormenta aún no ha terminado; solo ha tomado un segundo aliento. Afuera, el viento golpea los pinos con una fuerza renovada, haciendo que las ramas crujan como huesos rotos. Dentro de la cabaña, el silencio solo es interrumpido por el rítmico chisporroteo de la chimenea y la respiración, ahora más profunda y estable, del enorme perro blanco.Me siento a la mesa de la cocina con una taza de té tibia entre las manos. Observo la pantalla del celular; la señal va y viene como un fantasma. El icono de 4G parpadea débilmente antes de desaparecer por completo, dejando solo una triste equis donde debería estar mi conexión con el mundo. Suspiro con frustración, dejando el celular sobre la mesa.—Genial —murmuro—. Sin dinero y ahora casi sin comunicación.De repente, mi celular vibra otra vez sobre la mesa de madera, asustándome. «Qué mierda, pensé que no tenía señal», pienso. Lo cojo y veo la débil señal, pero eso no es lo que llama mi atención, sino el mensaje de WhatsApp. El no
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