La fachada de la mansión familiar se alzaba imponente entre las colinas, bañada por la luz cálida de la tarde. Sus columnas de mármol reflejaban la elegancia de generaciones pasadas, y las ventanas altas, enmarcadas por cortinas de terciopelo, dejaban entrever destellos de luces doradas en el interior.
Tras un suspiro ante la majestuosidad del lugar, Gabriel había aparcómado el coche frente a la pequeña escalera qué conducía a la entrada principal de la casa se quedó un segundo en silencio con