Te quiero papi.

Los días siguientes tomaron un ritmo extraño: uno que Leonor jamás habría imaginado vivir con Gabriel, y que Gabriel había esperado, aunque fuera en secreto, desde el primer día que supo que Clara existía.

No fue de golpe. No hubo grandes escenas ni declaraciones. Fue más bien un tejido fino, hecho de pequeñas acciones constantes, de esos gestos que no hacen ruido, pero sostienen mundos enteros.

Y cada día, Gabriel añadía un hilo nuevo.

La primera vez que llegó después del trabajo, Leonor escuchó el motor del auto detenerse afuera de la casa. Clara estaba pintando en la mesa, con las manos llenas de témperas, cuando levantó la cabeza como si reconociera el sonido.

Leonor sintió un cosquilleo nervioso, no lo esperaba tan pronto.

Gabriel bajó con una cajita en la mano y una bolsa de papel. Tocó la puerta suave, casi tímido. Cuando Leonor abrió, él sonrió, esa sonrisa medida, sin arrogancia, sin prisa y extendió la mano.

Una rosa blanca.

—Para ti —dijo simplemente.

Leonor parpadeó. Una
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