La mañana siguiente llegó demasiado rápido, aunque para ellos dos se sentía como si el amanecer los hubiera sorprendido en medio de una burbuja donde nada dolía, nada pesaba y todo parecía posible.
Leonor despertó primero. Tenía la cabeza en el pecho de Gabriel, y él respiraba profundo, tranquilo, como si el mundo entero por fin se hubiera acomodado en su sitio.
Ella lo observó unos segundos, en silencio.
—Nunca pensé que volvería a sentir esto —susurró, más para ella que para él.
Gabriel abrió los ojos como si su cuerpo reconociera su voz antes que su mente.
—¿Sentir qué? —murmuró, ronco, con una sonrisa floja.
—Paz —respondió Leonor sin rodeos.
Él se incorporó un poco, le acomodó un mechón detrás de la oreja y la miró con ese cariño que ya no se molestaba en ocultar.
—Entonces no la sueltes —dijo—. Esta vez voy a hacer todo para merecerla.
Leonor tragó, sintiendo cómo las dudas y los miedos trataban de colarse entre las costuras de su calma recién recuperada.
—Lo sé —respondió con