El convoy avanza como un animal silencioso y calculado: un auto negro abre camino, el de Carlota en el medio, otro igual detrás. No hay sirenas, no hay luces. Sólo motores contenidos y tensión en cada vértebra del aire. París se despliega a ambos lados como un escenario gigantesco: faroles como velas, avenidas como venas abiertas, edificios que observan con indiferencia a los mortales que juegan a ser estrategas.
En el asiento trasero, Amara lleva la cabeza apoyada en el hombro de Liam. Él no