La noche se extiende sobre la ciudad con una calma engañosa, esa calma densa que suele preceder a los momentos en los que una vida entera cambia de dirección sin previo aviso, y dentro de la casa que alguna vez había sido un refugio silencioso para Amara y Liam, el aire parece cargado de una tensión tan espesa que incluso el sonido lejano del tráfico parece apagarse al cruzar las ventanas.
Amara permanece de pie en el centro de la sala, sosteniendo la carpeta que Jean Pol le entregó horas antes