El hotel donde Kate se hospeda no es lujoso en el sentido tradicional. No necesita serlo. Es discreto, elegante de un modo frío y quirúrgico. Las cortinas son de seda gris, la iluminación calculada, el silencio absoluto… salvo por el golpeteo de sus uñas perfectas contra el cristal de la copa.
Frente a ella, sentada con una postura que revela entrenamiento militar y paciencia selectiva, está Mireille Duval, su socia. Una mujer de rasgos duros, cabello recogido en una coleta alta y ojos de acer