Mientras tanto, en la lujosa oficina revestida de mármol y caoba de la compañía, Amara permanece sentada en la cabecera de la mesa de reuniones. Los ventanales dejan entrar una luz fría que contrasta con la noticia que acaba de recibir, tan brutal que le cae encima como un balde de agua helada.
Esteban, de traje oscuro impecable, lentes de montura metálica, desliza lentamente un expediente grueso sobre la mesa. –Quince días más –dictamina con una voz grave, casi monocorde, cargada de la solemni