Carlota sostiene su mirada un segundo, calibrando. –De acuerdo –concede. –Pero la pongo en altavoz. Y cortás cuando yo te diga.
Se arma el dispositivo en menos de dos minutos. Nadie alza la voz. Nadie gesticula demasiado. La tensión se contiene como un hilo de acero.
Liam se acerca a Cristóbal. Ya no lo agarra del cuello; no hace falta. Hay palabras que siguen marcadas en la piel aunque no haya dedos apretando. –Si esto es un juego de ella –dice. –lo vamos a terminar nosotros. Si no… –no comple