–¿A quién, maldita? ¿A quién? –exige Amara, su voz resonando como un látigo en la sala. El aire parece vibrar con su furia contenida. – Te exijo que hables de una vez, Kate.
La risa de ella llega a través del altavoz, cristalina y rota, casi infantil. Una risa que no nace de la alegría, sino del delirio.
–Oh, Amara… –responde con una voz que se arrastra como humo. – Siempre la que da órdenes, siempre la que se disfraza de reina en un tablero que ya no existe. ¿Todavía creés que puedes pro