El eco metálico de la puerta al cerrarse retumba como un disparo en la sala de visitas. Liam avanza con pasos medidos, cada pisada cargada de una determinación que parece haber encontrado apenas horas antes. Su sombra se estira sobre el suelo encerado y frío, proyectando un aire de amenaza que ni él mismo intenta disimular.
Kate lo espera, inmóvil, pero con esa sonrisa suya que mezcla ironía, misterio y un atisbo de triunfo. Sentada en la silla de metal, con las muñecas y tobillos sujetos por