Horas más tarde, cuando el trabajo termina y el peso del día queda atrás, Amara vuelve a su casa. La soledad del lugar la recibe como un suspiro frío, pero no permite que la envuelva. Camina directo al baño, abre la ducha y deja que el agua caliente corra por su cuerpo, deslizándose como un manto que arrastra consigo todas las sombras de la jornada. Cierra los ojos y, por un instante, imagina que con cada gota se desprende un pedazo de su angustia.
Al salir, el vapor aún nubla el espejo, como