Estaba en el despacho de la mansión, preparando unos documentos, en la tarde tenía una reunión demasiado importante. La puerta se abrió con un golpe seco. Me levanté de inmediato, molesto. Iba a decir algo cortante. Pero me congelé cuando la vi acercarse.
Tenía las mejillas empapadas de lágrimas, las manos le temblaban. Todos mis sentidos se pusieron en alerta.
Se detuvo frente a mí, su pecho subía y bajaba de forma errática, entre sollozos soltó:
—¡Ayúdame!
No tiene por qué importarme.
Me lo repetí.
Pero mi cuerpo avanzó. Di un paso hacia ella y algo oscuro empezó a expandirse dentro de mí, lento y peligroso. La recorrí con la mirada, de pies a cabeza, buscando golpes, marcas, cualquier señal. Necesitaba saber que estaba físicamente intacta… aunque no supiera por qué demonios lo necesitaba.
—¿Qué pasa? —pregunté, con voz controlada.
Se colgó de mi brazo como si fuera lo único sólido en la habitación. Sentí el temblor de sus manos.
—Necesito ir a casa —musitó—. Por favor, llévame.