Estaba en el despacho de la mansión, preparando unos documentos, en la tarde tenía una reunión demasiado importante. La puerta se abrió con un golpe seco. Me levanté de inmediato, molesto. Iba a decir algo cortante. Pero me congelé cuando la vi acercarse.
Tenía las mejillas empapadas de lágrimas, las manos le temblaban. Todos mis sentidos se pusieron en alerta.
Se detuvo frente a mí, su pecho subía y bajaba de forma errática, entre sollozos soltó:
—¡Ayúdame!
No tiene por qué importarme.
Me lo