Vincent.
Desde la cena en la mansión decidí que lo mejor era ignorar a la pequeña Taz.
Su curiosidad inocente se estaba volviendo peligrosa. El maldito problema era que no quería decirlo en voz alta, hacerlo era admitirlo y a su vez perder el maldito control. Si no me miraba, no tenía que enfrentar lo que veía en sus ojos. Si no hablaba, no corría el riesgo de decir algo que no pudiera retirar después. Como siempre, esa pequeña bacteria cruzó una línea que jamás pensé que se atrevería a cruz