Me dolía la mandíbula de tanto sonreír.
Cada persona que se acercaba a felicitarnos me arrancaba otro gesto hipócrita, otro “gracias”, otro “sí, estamos muy felices”, mientras por dentro solo quería desaparecer.
Edmundo fue el último.
Le dio una palmada en el hombro a Vincent y dijo, con voz emocionada:
—Vincent, tu abuelo estaría orgulloso, y muy feliz. Espero que esto sea en serio, es lo que tanto deseaba tu abuelo.
Esas palabras no iban dirigidas a mí, pero sentí lo mucho que pesaban.
Vincent asintió, imperturbable.
—Lo es.
La seguridad en su voz me asustaba. Tenía maestría en mentir y fingir. Eso hacía imposible saber cuando hablaba con la verdad. Edmundo asintió y luego… me miró a mí. Pasé saliva, tan despacio que era imposible que se dieran cuenta.
—Y tú, espero que seas una excelente compañera para él en esta nueva etapa.
Su abuelo siempre valoró la lealtad. Estoy seguro de que tú también lo harás.
Un hombre exitoso necesita a su lado a una mujer con la inteligencia neces