Me dolía la mandíbula de tanto sonreír.
Cada persona que se acercaba a felicitarnos me arrancaba otro gesto hipócrita, otro “gracias”, otro “sí, estamos muy felices”, mientras por dentro solo quería desaparecer.
Edmundo fue el último.
Le dio una palmada en el hombro a Vincent y dijo, con voz emocionada:
—Vincent, tu abuelo estaría orgulloso, y muy feliz. Espero que esto sea en serio, es lo que tanto deseaba tu abuelo.
Esas palabras no iban dirigidas a mí, pero sentí lo mucho que pesaban.
Vin