Detuvo el auto frente a la mansión con un frenazo seco que me sacudió todo el cuerpo. Apenas entramos a la mansión, él cerró la puerta con un golpe seco. Ni siquiera me dio tiempo de respirar; me tomó por la muñeca y me empujó contra la pared. Tragué saliva.
Sus ojos…
Oscuros.
Afilados.
Peligrosos.
—Eres un maldito problema —escupió, con voz baja, como si contuviera un incendio.
Pestañeé, incrédula.
¿Perdón?
— Si soy un problema, ¿por qué carajos te complicas la vida conmigo? —respondí levan