Diciembre.
Un día antes, todo estaba listo: el salón, los arreglos florales, los protocolos ridículos… Todo perfecto. Me encerré en el despacho de la mansión. No quería ver a nadie. Ni escuchar nada. Ni pensar.
Pensar era inevitable.
Tomé la copa de whisky, ni siquiera era la tercera, ya había perdido la cuenta, me dejé caer en la silla. Observé el escritorio, el cajón que no abría desde hacía meses. Alargué la mano.
Temblaba.
Odio temblar.
Abrí el cajón. El papel estaba exactamente donde lo