Diciembre.
Un día antes, todo estaba listo: el salón, los arreglos florales, los protocolos ridículos… Todo perfecto. Me encerré en el despacho de la mansión. No quería ver a nadie. Ni escuchar nada. Ni pensar.
Pensar era inevitable.
Tomé la copa de whisky, ni siquiera era la tercera, ya había perdido la cuenta, me dejé caer en la silla. Observé el escritorio, el cajón que no abría desde hacía meses. Alargué la mano.
Temblaba.
Odio temblar.
Abrí el cajón. El papel estaba exactamente donde lo dejé, doblado con ese meticuloso orden que caracterizaba a mi abuelo. “Vincent” escrito a mano, con esa caligrafía perfecta que no había visto en nadie más.
Saqué la carta. La sostuve unos segundos, solo escuchaba mi respiración.
La abrí. Mi estómago dio un giro.
Querido Vincent,
Si estás leyendo esto, significa que ya he partido, y espero que estés preparado para asumir las responsabilidades que siempre supe que algún día serían tuyas. Te dejé un imperio, no solo porque eres mi nieto, sino porq