Al día siguiente estaba en su despacho. El caballero de hielo estaba sentado en su enorme sillón, tenía los ojos fijos en mí. No decía una palabra. Su expresión era una escultura tallada en mármol: inexpresiva.
A su lado estaba ese hombre al que él llamaba “abogado” me saludo con una pequeña sonrisa de boca cerrada.
Me senté al borde de la silla, con las manos sobre las rodillas y los ojos fijos en el suelo.
Estaba muy asustada.
El abogado empezó a leer.
Una sentencia de muerte.
Así se sen