El consultorio médico olía a desinfectante, papel nuevo y a ese leve toque a lavanda que las clínicas privadas utilizaban para parecer más acogedoras. Pero Emily no sentía comodidad. Sentía que el aire se le iba por las costuras del vestido.
Estaba sentada en la camilla con una bata ligera de algodón azul cielo, las piernas colgando y las manos apretadas en el regazo. El médico revisaba la pantalla del ultrasonido con gesto concentrado. Valeria, sentada a su lado, le sostenía una mano con fuerz