Albert no recordaba haber estado tan cansado en su vida.
La suite del hotel en Londres, donde había tenido que instalarse por motivos de negocios, estaba envuelta en un silencio incómodo que contrastaba con el caos que lo rodeaba. Sobre la mesa del comedor había papeles, tablets encendidas con reportes financieros, portátiles con gráficos de caídas y mensajes sin responder.
Lo peor no era la bajada temporal en las acciones. Lo peor era la sensación de pérdida total de control.
Desde el momento