Albert miraba el techo de su oficina como si en las molduras pudiera encontrar una escapatoria. Pero no había salidas, no sin consecuencias.
El contrato matrimonial que lo ataba a Helena era tan real como el anillo de compromiso que nunca quiso comprar. Y cada intento por liberarse parecía hundirlo más.
La llamada de Helena que no quiso tomar terminó en un mensaje seco, como su tono:
“No hay nada que negociar. La boda sigue en pie. Mis padres están conmigo en esto, aunque tú no lo estés. Espero