La tarde en la oficina transcurría con una normalidad sospechosa.
Emily trabajaba en silencio, revisando por quinta vez las minutas de una reunión que Albert aún no había confirmado. A su lado, una taza de café frío y una caja de lápices mordidos como evidencia de su creciente ansiedad. Cada vez que abría el correo, temía encontrar otra nota de Helena, otra orden absurda, otro mensaje de “te estamos observando”.
Pero esa tarde fue diferente.
Albert salió de su oficina, sin chaqueta, con el ceño