Emily llegó a la oficina más temprano que nunca.
No porque quisiera —Dios sabía que habría preferido quedarse bajo las sábanas fingiendo que la noche anterior había sido una pesadilla—, sino porque algo en su interior no la dejaba tranquila. Una mezcla entre presentimiento y necesidad de escapar del bullicio social del desayuno familiar que seguramente Helena ya habría organizado en su mansión de porcelana y mentiras.
Al llegar, lo primero que notó fue la caja de donas glaseadas sobre su escrit