El reloj marcaba las siete y cuarenta de la noche cuando Albert entró a su penthouse, aún con la tensión del día colgándole de los hombros como un abrigo de plomo.
Dejó las llaves sobre la mesa de mármol, se aflojó la corbata y se sirvió un whisky. Dos hielos. Nada de cenar. Nada de televisión. Solo silencio. Silencio y pensamientos como cuchillos.
No podía seguir. No así.
Encendió su teléfono y, por impulso —o por necesidad— marcó el número de su abogado personal, el mismo que había redactado