El general Ferrán, que estaba al pie de la escalerilla, frunció el ceño. Su instinto de viejo lobo de guerra se activó. Algo en el tono de Nicolás, o quizás en la quietud repentina de la noche, le erizó la piel.
—Nicolás... —empezó a decir Ferrán, llevando la mano a la pistola que llevaba bajo la chaqueta—. ¿A quién vas a llamar a esta hora?
Nicolás exhaló el humo hacia el cielo nocturno.
—A nadie, Augusto. Solo estoy esperando la música.
—¿Qué música?
En ese instante, el mundo estalló en luz.