Había pasado un mes. Treinta días de silencio tenso, de miradas que ocultaban dagas y de sonrisas falsas en las cenas familiares. Treinta días donde Nicolás Valente interpretó el papel de su vida: el del yerno obediente y preocupado por las "pérdidas financieras" que misteriosamente estaban sangrando el imperio Ferrán.
La estrategia, diseñada en el sótano de la Mansión Valente por cuatro mentes dispares pero unidas por un objetivo común, estaba lista para ejecutarse. Lo llamaron "Operación Ícar